Consejos para hablar con chicos y chicas sobre el consumo de bebidas con alcohol

Palabras de Luciano Lutereau

Psicoanalista, filósofo y docente.

Padres que acompañan

La responsabilidad de los adultos

A la hora de asumir el desafío de enseñar hábitos saludables a nuestros hijos, es importante hacerlo de manera consciente y sincera, reconociendo los propios límites.

En nuestra sociedad, existen algunos consumos de bebidas con alcohol que no debemos permitir, como el consumo por parte de menores de edad. Pero, no tiene sentido “demonizarlo”; el riesgo de hacerlo es perder espontaneidad y terminar ocupando para los hijos un lugar indeseable: el de adultos que “saben” qué es lo bueno y qué lo malo.

Los padres no enseñan a vivir. Cumplimos un rol fundamental en la vida de nuestros hijos al acompañarlos, orientarlos, aconsejarlos, pero no nos conviene ubicarnos como árbitros del bien y mal para ellos, porque más nos desafiarán; y si en esa actitud nos hicieran caso, sería al costo de una sumisión que haría peligrar su independencia y criterio propio.

Este es un tema fundamental para pensar cómo responder al problema del consumo responsable, porque desde muy temprano (entre los 8-10 años) puede ser que los niños y jóvenes comiencen a interesarse por las bebidas con alcohol. Y esta es una sustancia que es buscada porque simboliza el acceso al mundo de los adultos.

Entonces siempre debemos preguntarnos: ¿a qué edad comenzó a querer tomar? ¿Por qué motivo el deseo de ser grande se realizó de esa manera? En este punto, es claro que los padres no pueden ponerse en un lugar aleccionador ni moralista, dado que pueden quedar desautorizados por el hecho de tomar ellos mismos; si son abstemios, la cuestión no es diferente, porque no es cierto que los niños y jóvenes consumen porque copian a sus padres.

Como en todo lo que tiene que ver con la salida al mundo social –es decir, lo que va más allá de la familia–, los hábitos están instituidos y los padres a veces se equivocan cuando hacen un esfuerzo enorme para querer controlar lo que escapa a su incumbencia: el modo en que joven se inserta en la vida adulta, a partir de su propia experiencia.

Lo central, entonces, es que los padres no busquen ser un ejemplo ideal para los hijos, sino personas comprensivas con las que hablar, a las que contarles qué les pasa, sin sentir que les fallan. Asimismo, los padres deben ser interlocutores atentos, que a veces sepan entender sin que se les digan las cosas; capaces de soportar la angustia que les produce ver a un hijo en una situación que puede exponerlo (como una “previa”) sin por eso querer resolver rápidamente la situación. Los padres tenemos la función de dar tranquilidad, no de pedirles a los hijos que nos tranquilicen a nosotros.

Jóvenes conscientes

Crecer es el deseo más profundo del ser humano. Desde pequeños queremos ser como los adultos. A veces queremos ser completamente distintos, pero esa también es una forma de querer ser grandes.

Desde muy chicos vimos cómo los adultos celebraban con un brindis. A veces los copiamos con un vaso de plástico. Es un momento especial. Ese momento de chocar las copas da una ilusión de poder. Tenemos la creencia que las bebidas con alcohol nos pueden dar una ilusión.

Cuando llegamos a la pubertad y vemos que hay muchas cosas nuevas a nuestro alrededor; cuando empiezan las salidas, las fiestas, los encuentros, las ganas de tener pareja, también nos encontramos con muchos miedos. ¿Qué hacemos entonces? Como cuando éramos niños, jugamos. Jugamos a ser grandes y tratamos de controlar nuestros temores con la apariencia de ser adultos: antes que tomar una bebida con alcohol, lo que tomamos es un hábito.

Nos gusta aparentar que somos grandes, pero ¡cuidado! Si queremos parecerlo, lo más probable es que seamos como una cáscara vacía. Si soy joven, lo más importante es que piense no solo en mí, sino en las otras personas, en mis compañeros y compañeras, que aprenda que cuidarme es también cuidar a los demás y que quizá lo que para mí es un chiste, un pasatiempo, algo que puedo manejar, para otro puede ser un viaje de ida.

Lo más hermoso de ser joven en este mundo del siglo XXI, es que muchas barreras se cayeron. Somos más libres, ya no tenemos que escondernos para muchas cosas, pero también es cierto que somos los adolescentes de hoy los que mejor sabemos que si no nos ponemos límites nosotros, no nos los pone nadie. De ahí que aprender a cuidarnos es nuestra principal misión para tener una vida que no sea careta; para dejar de ser niños que quieren jugar a ser grandes y, mucho mejor, ser adultos que no se olvidan de jugar, porque no necesitan escaparse de sí mismos.